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ZOOM


El perro que esperaba en la puerta moviendo la cola y yo sin saber si lo que tenía que hacer era dejarme la piel intentando escribir mi novela o dejarlo ir. Él y yo nos conocemos, es obvio, lleva conmigo toda una vida, de contenedor en contenedor. Puede que, algún día se me pase el hambre y el frío, puede que algún día... Mientras, espero sentado en el banco del parque. No he comido nada en unos cuantos días. La verdad es que no noto nada en las tripas, ni siquiera me llama la atención el olor de el trozo de pizza de pepperoni que la chica de los pantalones ajustados engulle a toda prisa camino del trabajo. En realidad tampoco me fijo en los pantalones, en los zapatos caros y en el cochecito de bebé que pasa veloz perseguido por el tipo de las mallas.
El perrito mueve la cola y me sonríe, yo procuro sonreírle y me duelen los dientes. Creo que son las encías o creo que es la soledad la que me duele. Pienso en cuanto queda para llegar a mi sitio en el parque. Me pregunto si pienso. El otro chico tiene mejor aspecto. Todos no somos iguales, ¿o sí? Opino que no somos iguales, opino que no todos las hambres son iguales, ni todas las decisiones iguales. Llevo la cámara en la bolsa, colgando del hombro izquierdo. María se acerca por la derecha, me dedica un hola apagado; su mutismo no me inquieta, María siempre está callada. Ocupa el sitio vacío en el banco a mi derecha, un banco blanco, algo incómodo. Yo saco la cámara y la fotografío de cerca. María se aleja, se aleja y se aleja. El zoom y el flash alejan la cara de María y del banco de María. Hace días que vago por las calles descomponiendo letras con mi cámara, recomponiendo rostros, pintando paredes. Hace días que mi trabajo está cerrado y la oficina oprimida; hace días que no tengo hambre y días en que estoy solo del todo. Hace días que escribo desde la casa de la playa. Escribo sobre cómo asesinar a María, sobre cómo romper sus fotos, el objetivo y el flash, aunque no me sale.

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