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Mostrando entradas de septiembre, 2011

Narciso

En una mano contenía una esfera y en la otra algo que no podía ver. Imaginé que era aquello último que le vi guardar en el cajón y me equivocaba. Narciso no era disciplinado, nunca dejaba las cosas en su sitio y nunca sabía donde las había dejado; se pasaba el día buscando su reflejo en los espejos y yo le seguía por la casa, resuelta a encontrar y guardar todo lo que iba olvidando. De no ser por mí, Narciso habría perdido, incluso, su reflejo en el espejo. Esa mañana, una de sus manos contenía una esfera y la otra ese algo que solemos perder cuando nos olvidamos de recordar lo imposible: Narciso no era diferente, era atribuladamente distinto, pero no diferente. Indiferente a su reflejo en el espejo, le sugería que me dejase ver lo que ocultaba en la mano derecha; negó tres veces; sin embargo, en la superficie cromada de la tostadora, vi asomar un trocito de algo, surgir una inconveniente abreviatura de lo que atesoraba, y Narciso concedió darme lo que se escondía a su espalda. Su mano...

Arts Creatio

Cuanto más buscas,menos encuentras. Trabajar rebuscando palabras te derrota. La inspiración es tentadora. Cuando sólo hay muerte es impenetrable el inconsciente. Sin respuesta. Tentadoramente oblicuo el no lastimarse con la trama. Una historia contada para otro por ti y para ti, pero para otro. La mañana ha pasado demasiado deprisa. Hace sol fuera. Aquí dentro estoy resguardada... en silencio... no encuentro los silencios de esta ciudad en miniatura, enajenada de ella algunos días, momentos... como hoy, consumado algún que otro acto asesino.

El exterminador

No dijo nada. Una sonrisa puede decirlo todo, dejar escapar palabras sin pronunciar y equívocos infinitos. La tonalidad de su cara resultaba harto factible de definir; la caja torácica se expandía con cada inspiración, y los ojos, cuasi muertos, murmuraban paciencia. Morirse no es cosa de muertos, sino de vivos, pero nadie le había explicado que la troposfera y su ineptitud para combinarse con el entorno, pudiesen provocar en su organismo una cierta agonía. Lo aceptaba, meramente, se dejaba llevar hacia el abismo de la inexistencia con calma, pero su cuerpo no correspondía a las órdenes de su cerebro: ¿es que los habitantes de aquel planeta, lleno de agua, de edificios mugrientos, de máquinas obsoletas y un cielo perpetuamente azul cemento, le habían contagiado su mal? No podía pensar. El hidrocarburo, sin detenerse un segundo, prosiguió en su ascenso hacia la barrera hematoencefálica. Como final no habría una combinación CH4, sino piel cenicienta, pulmones colapsados, ojos inyectados ...