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La Noche de todos los tiempos (2)


Y el chico de los periódicos seguía observándola mientras miraba el post-it de la nevera.






Ariadna tenía los ojos de un gato, grandes y almendrados. A Ariadna no le parecía extraño el sueño del gato, la leyenda extraña de La Noche de Todos Los Tiempos; no le resultaba extraño el paseo de la vecina hasta la puerta de su casa, para pedirle café, o azúcar, o sal. La habían acogido fenomenalmente bien, y, pese a la fama de pueblo sonámbulo y taciturno, las fiestas que se despachaban en las casas de los vecinos día sí y día también, contradecían las opiniones de los foráneos. En ese momento, entraron Carlos y Azuzena. Una brisa suave se acercó desde el jardín de atrás; escuchó como se cerraba la puerta. Los dos chiquillos aparecieron sucios, con el pelo enmarañado y la ropa destartalada. Se sentaron a la mesa y exigieron su merienda y Ariadna los envió a lavarse las manos, aunque, en realidad, necesitaban una buena ducha.


-¿Encontrasteis al conejito?- preguntó Ariadna, abriendo la nevera para sacar el embutido. Cogió el pan y un cuchillo de la encimera de la cocina. Gris y muy limpia.

-Nada de eso- contestó Carlos; y se apoyó en el respaldo de la silla con un brazo colgando por fuera.

-Ni rastro del estúpido conejo- refirió la niña, dejando caer la enorme miga de pan que había arrancado del centro de la rosca cortada.

-Ni por aquí ni por allá. Nada de nada. Yo quiero jamón. ¿ No queda, Ariadna?

-Queda, Carlos, pero la abuela te lo ha prohibido por completo- aseguró la mujer.

-Ya, pero ahora no está. Son manías de la abuela, mamá. Ella no sabe.

-No no sabe- concedió, Ariadna. Se sentó junto a Carlos, le pasó la mano por el pelo polvoriento.- No sabe nada y llegará en cualquier momento; y no es necesario darle un disgusto, ¿no crees?

Carlos asintió, agarrando el bocadillo que le ofrecía Ariadna con las dos manos. Y, en ese instante, María entró en al cocina y dejó las bolsas de la compra en el suelo, cerca de la mesa verde y se inclinó para darle un abrazo a sus nietos, y los encontró tan sucios que se lo pensó muy mucho. Se quedó mirádolos con loa brazos en jarras y luego se dirigió a Ariadna.

-Tienes los ojos llorosos.

-De polvo y de frío- Ariadna hizo una mueca con la boca.- ¿Qué tal las compras?

- ¡Estupendas! Codazos a montones, querida, pero he conseguido unas cuantas prendas muy majas y a un precio fenomenal. Te he traido un jersey. De angora.

Ariadna arrugó el ceño.
Los niños preguntaron que les había traído.
La puerta de atras volvió a abrirse y a cerrarse.
Los perros ladraron en el jardín trasero.
El motor del coche dejó de rugir.
Las flores se abrieron en primavera.
Los narcisos no son plantas trepadoras.



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