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Mostrando entradas de abril, 2012

Untitled (2)

A Marisa le gusta mirarse en el cristal de los escaparates, caminar por las calles para hacer fotografías,  pasear con su perro y jugar al golf. A Marisa le gustan las cosas sencillas, la gente sencilla y los días lluviosos. Le gusta sentarse en una terraza atestada de gente y observar a los viandantes. Las clases en la "uni" habían sido a ratos tediosas y a ratos interesantes. Nadie podría sospechar, que la chica estirada, esbelta, impertinente y pecosa, sentada frente a una mesita de uno de los más elegantes cafés de la ciudad de sus sueños, se hubiese licenciado en derecho. Marisa siempre lo veía todo torcido, como la torre de Pisa, aunque era americana hasta la médula. Así era Marisa; llena de contradicciones, de fantasías, de certezas irresolutas e irresolubles. Temerosa, irresponsable y muy sensata. El corpachón atlético de su amigo Bruno se dejó caer sobre la silla sin avisar. -¿Qué tal con tus tíos?- preguntó Marisa. La sonrisa traviesa recayó en la cara de Bruno. Br...
Cuando el dolor es tan grande prefiero escribirlo agrandarlo y formarlo cuando no deja de dolerme opto por cerrar los ojos empiezo a dormir o a soñar consciente de que el dolor se pasa cuando se queda procuro que salga. me dice que no quiere irse que se queda porque le da la gana porque forma parte de mí porque en mí se encuentra seguro y yo le pregunto para qué quiere quedarse si cuando él está estoy (...) y no quiero mirarlo No me contesta y vacila entonces abro la nevera dejo caer el hielo en el vaso le ordeno que se marche y me sigue impertinente: los hijos son así los días son así las creaciones son así el amor y la lluvia y las palabras los paraguas verdes, rojos y ámbar Soy así. Esa. Soy ese hielo en el vaso Y esa niña asustada Soy todas las palabras que no quieren salir y las que sí quieren  ni remotamente pensaría que puedo ser de otro modo esta tarde o cuando los paraguas cambian de color Roy Lichtenstein o cuando los días son grises y llueve

La Noche de todos los tiempos (2)

Y el chico de los periódicos seguía observándola mientras miraba el post-it de la nevera. Ariadna tenía los ojos de un gato, grandes y almendrados. A Ariadna no le parecía extraño el sueño del gato, la leyenda extraña de La Noche de Todos Los Tiempos; no le resultaba extraño el paseo de la vecina hasta la puerta de su casa, para pedirle café, o azúcar, o sal. La habían acogido fenomenalmente bien, y, pese a la fama de pueblo sonámbulo y taciturno, las fiestas que se despachaban en las casas de los vecinos día sí y día también, contradecían las opiniones de los foráneos. En ese momento, entraron Carlos y Azuzena. Una brisa suave se acercó desde el jardín de atrás; escuchó como se cerraba la puerta. Los dos chiquillos aparecieron sucios, con el pelo enmarañado y la ropa destartalada. Se sentaron a la mesa y exigieron su merienda y Ariadna los envió a lavarse las manos, aunque, en realidad, necesitaban una buena ducha. -¿Encontrasteis al conejito?- preguntó Ariadna, abriendo la nevera pa...

É

É a túa tristura unha bágoa de sal? É un morno solpor? É o teu talante o asubío da miña tenrura É É o peito, é o paxaro. É o amencer, e o gando, e o río É o vento É a túa tristura unha bágoa de sal? O é Mais lembrareite que o sal nos meus beizos deixou a brancura dunha améndoa E as bágoas botáronse a rir -------------------------------  ES Es tu tristeza una lágrima de sal? Es un tibio amanecer Es tu actitud el sonido de mi ternura Es Eres el brío, el pájaro el amanecer, y el rebaño, y el río Eres el viento Es tu tristeza una lágrima de sal? Lo es Pero te recordaré que la sal en mis labios dejó la blancura de una almendra Y las lágrimas empezaron a reír

Espejos

-¿Y a pesar de todo sabes dónde está la tierra?-  preguntó Katrina. -Oh, sí. Lo sé perfectamente. Los árboles, la tierra, las casas, los coches, la moto de Héctor y el coche de Pablo. -El sarcasmo no me gusta, Katrina. -No sé lo que te gusta y no quiero saberlo; jugar todo el tiempo a lo mismo comienza a aburrirme-. La chica bostezó en el sofá, alargada y lánguida como una esfinge vuelta del revés.- ¿Conoces el acertijo? -¿Que acertijo? -El de la esfinge. -Ese que dice que existe alguien de tres piernas y cuatro y bípedo. -Sí, más o menos. Electra se arrellanó en el sillón. La habitación estaba fría. -¿Enciendes el fuego? -Claro. Y la silueta se movió inperceptiblemente. Como un viento suave, se acercó a la chimenea y posó un tronco entre las llamas. Se quemó la mano y la otra rió. -No sabes hacer nada humano, Katrina. Ni esto ni aquello, nada se te da bien. Katrina volvió sobre sus pasos, y, de nuevo, la figura pálida esbelta, alargada, quedó impresa en el sofá de tela. -Nadie sup...