La sangre le goteaba de la nariz. Sólo quería estar sano, pero la muerte, traicionera, no dejaba su cama, su casa, su vida. Ganaba por goleada: le había arrancado el cabello, estrujado los ojos, le había succionado la carne hasta dejar únicamente los huesos. Contempló las dos marcas en su cuello y, pese a todo, pensó cuanto mejor era aquella otra muerte lenta a la otra muerte lenta y perezosa, que le dejaba sin fuerzas y que no tenía ningún motivo para ser. Vomitó de nuevo en la taza del inodoro. El sabor de la bilis le llenó la boca, lo ácidos del estómago le quemaron la faringe. Ella regresó por la noche. Dejaba la ventana abierta, un poquito, y ella, misteriosa, translúcida y blanca como un fantasma, le extraía el aliento con sus colmillos de murciélago, y él, tendido boca arriba en su lecho, dejaba que clavase los dientes y después gozaba de sus beso y del sabor de su propia sangre. La Muerte... ¡La Muerte se marchaba! Y aquella nueva muerte llegaba con su tristeza de vida eterna, ...