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Molly (revestida de muñeca)




Sentada en la acera con  los brazos torcidos la cara reventada y no es una muñeca. Es mi hermana. su espalda, al final de todos los girones de recuerdos. Sólo es una parada de autobús y unas cuantas lágrimas caídas en la acera, un hombre con un violín y los ojos acuosos. Esta es mi ciudad. Esta es la espera y el trabajo.

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La mujer estaba asustada, con los labios partidos, la boca amoratada, los ojos contraídos. Las luces de los coches la dejan indiferente. Caminó un trozo. ¿Es la incertidumbre? Se preguntó. El agujero en la carretera, que al día siguiente rellenarían de alquitrán y estaría completamente vestido para el día siguiente. Entró en la casa después de caminar tres lustros y me contó esa historia, la de la mujer apaleada y confusa, la que estaba perseguida por un montón de fantasmas. "¿Tienes fantasmas?, preguntó el niño. "¿Cuántos llevas?" El prestidigitador agitó la chistera y sacó cuatro. Molly se enzarzó en una discusión con el dueño del bar. Cogió su abrigo. Caminó por la calle vacía. Abrió la puerta y surgieron todos los mundos de Molly en el papel para guión expresamente fabricado en la casa de muñecas de Mr. Spoken. En el bar los clientes se quedaron sin cerveza, los gatos caminaban raro y los televisores dejaron de retransmitir el partido de fútbol Magenta- Acordeón. -De los importantes-. Molly se quedó patidifusa mirando los rayones en las hojas.

El guión no estaba ni mucho menos terminado y Molly no estaba complacida con la muñeca, oscura y esperpéntica del salón de los juegos infantiles. Lo que no entendía eran los rayones que la mortificaban. Mr. Spoken. A Mister Spoken lo había sacado del bar. Un tipo de unos treinta años, de pelo canosos, largo y arrugado. El resto eran una ciudad de gatos y unos cuantos coches con fantasmas, un niño solitario  y un perro raro.

Vagamente Molly recuperó la compostura; cruzó las piernas. El trabajo en el bar ya no le llegaba para pagar todas las facturas.

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