Estaba sentada en la acera, con su falda de cuadros y sus botas altas. Sentada en la acera, mirando la esfera del reloj, pacientemente. Le gustaba mirar a ninguna parte, contentarse con el ruido de los coches, dejar pasar el tiempo, pasar el tiempo, pasar el tiempo... Era como una cancioncilla absurda: mirar el reloj, volver a mirar el reloj, (bis), coro... Una cancioncilla absurda, pero no tenía ninguna prisa. No tenía ningún lugar a donde ir, por lo tanto, prácticamente, nunca tenía prisa.
Se llamaba Alba, pero sus ojos eran grises como un mar de invierno; el jersey le abrigaba lo suficiente, las medias eran tupidas, para que el frío no la atravesara hasta las piernas, largas y delgadas. Era una adolescente, pero su mundo no estaba rodeado de estrellitas, ni de corazones, ni de espirales dibujadas a bolígrafo en su libreta de cuadraditos. Le parecía un mundo sentirse tan bien. Le parecía extraño sentirse tan extrañamente alegre.El sonido sincopado del reloj de la iglesia le abrió desmesuradamente los ojos un segundo, o una décima ( decimonónica) vez. Alba era así, y todo lo demás era producto de la mente de Alba, incluidos los relojes.
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