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Red Planet WE 52


Bajó de la nave, con el caso, los "auris" y las pilas del hombre de hojalata.

-Abre la boca y traga.
-Trago- dijo él-, ¿pero cuánto van a tardar en traer uno nuevo?
-Un poco-. Las pilas cayeron hasta el estómago.

Ella estiró los brazos hacia el cielo blanco, escrutando el entorno nebuloso.

-Uno de los planetas más raros y peculiares que he visto. No estaría mal que el de verde se despertara y nos hiciera compañía.
-La empatía personificada. Creo- observó con sinceridad Betanea- que los ajustes que van a hacerte serán geniales.
-Geniales. Hace un instante estábamos a punto de explotar junto con la nave y no se te ocurre otra cosa que pensar en mis ajustes. No entiendo cómo crees que vamos a volver, si es que los de la Organización Alfa están redefiniendo nuestro rescate.
-Mira eso.

La chica señaló entre la niebla blanca y espesa.



La agudeza visual de la rubia de silicona era todo un hito entre los del departamento de robotizaciones. Claro que su reconstrucción era un misterio absoluto para todos excepto para el de hojalata, que había compartido piso, habitación y cama con ella y conocía unos cuantos detalles al margen del dosier computal de investigación -añadamos que sobre cómo y por qué se encontraban en el planeta Tierra tampoco era un asunto de su incumbencia- ; sobre lo demás contaba con una cátedra abrillantada y un salón de los espaciosos para sus conferencias interestelares.

Betanea piso una mazorca. Podrida, ennegrecida y atacada por unos cuantos microorganismos y hongos.

-¿Qué es lo que has visto entre la niebla?

Los pasos de Betanea se volvieron inseguros. Nada podría hacerla hablar, nada en absoluto.

Visibles, las ondas electromagnéticas del caso ampliaron la distancia entre la chica y el androide. El arma ennegrecida le recordó el ataque de Anfibios, aunque lo que creyó ver en esta ocasión no guardaba relación con Kara, ni con Circadia, ni con Anóon.

- ¿Quieres explicarme algo?
-Calla-. Betanea opuso una mano contra su cara, un par de centímetros por detrás; una mano blanca, enguantada, la mano de una muñeca. Se detuvo y la respiración salió fría, dejando un vaho azulado en el aire.




Hacía mucho que  el planeta rojo era rojo, cuando, en realidad, la posibilidad de que los libros antiguos dijesen la verdad y el astro enclavado entre las cuatro galaxias clónicas fuese arcilla y agua y metano , hidrógeno, océanos azules y vastos desiertos, no era nada remota; Betanea no lo sabía. En su inutilidad, el hombre de hojalata, que perseguía borrar de su mente el cuchillo, las ondas, las estructuras moleculares ambivalentes, los chackras y el aura de la chica de estructura decimonónica, con botas de Barbie ochentera, bostezó. Dejó caer de entre los dientes un par de cápsulas amarillas, las recogió en la mano dorada, las apretujó y las disolvió. Unas cuantas gotas de líquido se escurrieron entre los dedos cortos, tubulares, con las uñas marcadas en el metal, cuadradas y planas.


Apenas lograron ver nada hasta sobrepasar los diez kilómetros; donde las nubes densas se bifurcaban y
TR32 seguía pensado en qué diantres había visto su compañera, después de quedarse parada justo delante de la mazorca.
No era habitual encontrar rastros humanos, de flora o de fauna en los planetas que visitaban: el circuito WE estaba cerrado hacía milenios, la civilización compuesta por otros paradigmas, axiomas y formas de vida aleatorias, cuando no artificales.



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