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Fantasía en verde



-¿Qué pasa? Molestas. Te dije que no me molestaras cuando...

-Es grave, grave de gravedad, quiero decir.

Eso es lo que dijo la voz rancia, la voz estridente y loca, la voz grave y tintineante.

-No es lo que esperaba.

Anfibio se tocó el cabello largo y blanco, flotando entre las algas y la herrumbre. Anfibio se inclinó en la silla. La pantallita balanceante del ordenador, la pantallita redonda y pequeña se balanceó suavemente. El corazón de Marina en el otro monitor seguía bombeando sangre, azul celeste, violeta, sístole y diástole.


-No comprendo.

El rostro del anukiano enrojeció. De ira. Lo que tenía que decirle era grave, formal, importante. El de las escamas miraba hacia otra parte, la webcam estaba sola, el vacío existencial al otro lado de su mensaje, eso era. El rostro escamoso del anukiano se entriiteció, los ojos se le cerraron y cayó en un acomodado mutismo, silencioso, denso y oscuro. El escamoso hombre de las estrellas dejó de sentir curiosidad por el corazón palpitante y enrojecido de Marina, se acercó a la pantalla redonda, ligeramente balanceada, encendió y apagó la webcam un par de veces; al de la cara roja se le disipó el sueño. No tardaron en entender - la del pulpo en la cabeza por sombrero, y el anukiano-anfibio- que la nave se estaba convirtiendo en una papelera.


-Apaga los sistemas y larguémonos. Coge el corazón.


-Si sólo es una pantalla- protesto Quimera.


-Cógelo y  ya está. Te lo explico cuando estemos fuera, si es que no te cae solo que necesitamos los datos de los terminales y cuanto podamos rescatar. Se hunde, princesa- añadió, cogiendo la pantalla redonda y tambalente y su manta de punto con sus agujas



-Te lo dije, se hunde y te lo dije.


-Eso no importa. Me echas la bronca en otro momento. Escruta fuera, que no sé si hay vía libre.

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