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Rojas eran todas las putas luces que recordaba. El sonido que bombeaba la sangre y que le agujerea los oídos. Marisa se abstuvo de preguntarse si era un ser espectral, mientras la guardia civil hacía un parte de los destrozos y se interesaba por la muerta entre los amasijos del coche. Ella esperaba que fuera una broma. Dani había salido despedido por la luna delantera. El puto Dani, que tenía una suerte de la hostia y no se había hecho un rasguño y estaba listo para su boda y su vida y su carrera de gerifalte en la empresa de papá.
Mar se sintió sobrecogida por las insinuaciones de la familia, que ya la daban por perdida, por anquilosada y por tullida, pero que no pensaban soltar a la americana, española y chica bombón que había encontrado su hijo. Marisa empezaba a cabrearse con la música; el jazz no se recompuso en su cabeza y las imágenes del accidente empezaron a estallar como un remolino. Bruno se preguntó, mientras dormía uno de esos sueños lúcidos y plácidos, bien erguido en el asiento, dónde estaban los aspersores. La sala estaba vacía.

-Pálida como una muerta- observó, Bruno.

-Gracias.


El vestido de raso, azul, estrecho en la cintura, escotado  y monosilábico, se sustrajo de los sillones con la chaqueta en la mano y se perdió hasta la salida, seguidos de lejos por Bruno, su traje gris y sus zapatillas. Todo ello agudizó la sensación de Marisa de que alargar la estancia era innecesario, pero estaba enamorada de París: de sus parques, de sus plazas, de sus calles, de la Eiffel y sus treintacientosmil escalones "más arriba". Del olor a bollos recién horneados, de sus librerías antiguas; de las calles oscuras, sus adoquinados, sus gentes; de la pasarela fashion-art que la mantenía embobada cuando buscaba fotografías... Las nubes algodonosas, suaves y blancas. Grafittis bohemios; los superventiladores del centro,  edificios increíbles y Monmartre, el barrio de los pintores. En cuestiones prácticas, que era lo que importaba, la empresa de publicidad en la que trabajaba no estaba dispuesta a trasladarla a Manhattan.Y el saxofonista, uno de los mejores, cayó de improviso del pedestal de todas las mágicas secuencias que podía recordar. Apretó el paso cuando Bruno, abriendo el paraguas, insistió en resguardarla de la lluvia.

-No olvides que mañana te acompaño al psicoanalista.

-La última.

Marisa se acopló bajo el paraguas, rosa y con marcas de agua por dentro: agua a chorros y en gotas.

- ¿Dé dónde has sacado este? Me asombras.

-La última colección de Dominique. Me convence de que lo saque a pasear. La próxima en caer serás tú. Ya me ha pedido que te diga que vayas a Sant Marie a recoger unos cuantos, que los pasees, les saques fotografías y te dejes ver von Didier.

- No creo que a Didier le importe.- Didier era el dálmata agrasivo de Mar Gris.


















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