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Sin título (cuando)

Ahora, Gabriel , el del pelo corto y espeso, el del flequillo sobre la cara llena de granos propios de un adolescente y barba de tres días, que no hacía más que agravar el problema, dejó caer la misteriosa respuesta que todos estaban esperando. La niña de "los Chester" había muerto de sobredosis. Con detenimiento, la moto, una Yamaha TDM 900, se quedó reducida a una mota de polvo bajo la mirada de Carola. Lil trató de obviar todos los comentarios de Al J. en lo referente a la muerte, los titulares, la foto de prensa y la página en Facebook. Al J. se bebió la Heineken de un trago -lo que quedaba- y tiró la lata al suelo; la bota arrugó el aluminio como papel. Lili frunció el entrecejo.

-No entiendo porqué se empeñan en contarnos que la culpa es de sus padres. La culpa es de esa perra blanca y gris. Desde luego es una perra con mayúsculas. No me gustaría ser su amiga en absoluto.

-Yo me pregunto en qué mundo vives, Leopardo. ¿Vas a venir al concierto, peque? No entiendo qué hostias te importa la muerte de la chica y por qué no quieres venir. Duermes conmigo.

Alejandro miró a Lil. Lil se levantó del banco. La oficina estaba cerrada.

-No sé para qué quedamos aquí. Oye, Tati, ¿vienes conmigo hasta el bar de mi hermano?

-¿Y qué pasa con tu padre?.

-Yo te acompaño- dijo Gisela.

Los ojos grisáceos de Liliana se abrieron desmesuradamente. No quería que Gisela la acompañara, pero no supo cómo decir que no. Miró a Carola. Carola permanecía enfangada en la moto, pensando en la farragosas intenciones de Gabriel hacia Liliana. El canuto rodó entre los chicos y Lili se sintió sola mientras se alejaba.

-¡Mierda de tacones! Los voy a tirar a la puta hostia- exclamó Gisela. Liliana contuvo el aliento y siguió caminando. Gisela solía quejarse de cualquier cosa; una forma de demostrar que existía, sólo para que Liliana se fijara en sus zapatos. Liliana no dejaba de darle vueltas al mismo asunto. Por la tarde tenía que pasar por la peluquería de Elizabetha y recoger los rollos de papel pintado.

-Necesito tu coche, Gisela.

-Ni lo sueñes. La última vez que te lo dejé me lo devolviste rayado. Mi papi me mata si le hago un rasguño más en la carrocería megachic que se gasta.

-Mega lo que quieras, Gisela. Tengo que recoger, empapelar y restaurar. La casa parece un antro.

Cruzaron las calle. Un tipo con una gorra de Los Lakers sacó la cabeza por la ventanilla de un deportivo negro.

-Esto empieza a parecer California, nena; un montón de tipos raros. ¿Te lo has follado ya?

-¿A quién?, ¿a Al J.?- preguntó Lili, despistada. Cruzaron el último paso de cebra con el semáforo en rojo.





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