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Fantasía en verde

En el museo, el hombre se detiene frente a la vitrina. Ve un corazón diminuto, etiquetado. No late- bueno... Sí. Un poco-; se detiene y comienza el ritmo frenético. No quiere mirarlo. Se pone su capa. Engancha el cierre, baja la capucha sobre los ojos. CORAZÓN DE MARINA. Muerto el día 25 de enero a las 7:53 de la mañana, hora española.

¿Y por qué está muerto?, pregunta un escolar en vías de extinción, con la voz un poco ronca y un par de palmos de altura por encima del año anterior. Papá se encoge de hombros. El niño bosteza y se lleva la mano a la boca. La nave de los chicos del telescopio desciende sobre el planeta burbuja. La atmósfera es densa. El aire es rojizo. Los labios de Marina están cenicientos. Las flores se marchitan. Los dos salones a la derecha, dentro de la gran urbe amurallada, están vacíos...





Anfibio reflexionaba en el salón sobre la suerte de los chicos. Se entretenía en tejer una manta: ahora la tejía, ahora la deshacía. En la pantalla transparente de su nuevo computador, los datos, los números, hasta las palabras y los latidos del corazón de Marina, que ahora era verde del todo, tenían cabida. Entró una sirvienta y Anfibio dejó las agujas, la lana en el sofá de terciopelo. En cuanto al equilibrio de los datos... Hmmm... no había nada, ni la mínima intención de que descifrarlos con facilidad fuese la intención de los dos muchachos. Se abrieron las branquias de par en par, después de entrar el agua y abrirse el opérculo por completo. La sirvienta busco entre los libros aguados, en las estanterías de madera podrida, con la mirada del Anukiano enganchada a su coronilla.

-La gracia es que no puedo encontrar lo que quieres. Hacia el mediodía terminará de hundirse.
-Es un hábito. Los barcos como este no se hunden antes de lo previsto.
-Se hunden a la hora exacta-. Los tentáculos se movieron por el rostro.
-Trata de quitarte ese sombrero, porque no te favorece-. Anfibio acercó las manos a los libros. Los hombros chocaron. La sirvienta soltó el libro flotante. Las hojas se revolvieron en el agua. Anfibio buscaba, palpaba los cantos y algunos se descomponían con el roce de la piel con escamas.
-Alcánzame ese.
-¿Ese?- Señaló ella hacia uno que estaba muy arriba, muy grande y muy gordo.
-Ese.
-No sabes si es ese y casi no me queda oxígeno para hacer un último esfuerzo.
-Bien, yo lo cojo.

Las manos y los pies se agitaron dentro de la habitación. Con una cierta torpeza, con una incierta ternura, con la brevedad angelical del que espera llegar de un salto al final de la estantería y asir el objeto de sus fantasías, dejarlo caer, cuando la sirvienta abre el mandilón para recoger la manzana del árbol y reconocer el flujo de la  gravedad dentro del agua.

-Tienes una llamada.
 -Te aseguro que en mis sueños es lo que más quiero. ¿Te imaginas a alguien viéndonos aquí, tan sumergidos, con nuestros quehaceres absurdos, con nuestra palabrería inútil? (Suspiró)
[-Tu no puedes suspirar.]
[-Como si pudiera. ]


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