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Espejos



-¿Y a pesar de todo sabes dónde está la tierra?-  preguntó Katrina.
-Oh, sí. Lo sé perfectamente. Los árboles, la tierra, las casas, los coches, la moto de Héctor y el coche de Pablo.
-El sarcasmo no me gusta, Katrina.
-No sé lo que te gusta y no quiero saberlo; jugar todo el tiempo a lo mismo comienza a aburrirme-. La chica bostezó en el sofá, alargada y lánguida como una esfinge vuelta del revés.- ¿Conoces el acertijo?
-¿Que acertijo?
-El de la esfinge.
-Ese que dice que existe alguien de tres piernas y cuatro y bípedo.
-Sí, más o menos.

Electra se arrellanó en el sillón.

La habitación estaba fría.

-¿Enciendes el fuego?
-Claro.

Y la silueta se movió inperceptiblemente. Como un viento suave, se acercó a la chimenea y posó un tronco entre las llamas. Se quemó la mano y la otra rió.

-No sabes hacer nada humano, Katrina. Ni esto ni aquello, nada se te da bien.

Katrina volvió sobre sus pasos, y, de nuevo, la figura pálida esbelta, alargada, quedó impresa en el sofá de tela.

-Nadie supo responder al misterio de la esfinge, y eso que llevamos siglos intentándolo. Todo es ficción y entendimiento, y los sueños, una realidad equívoca. ¿Recuerdas cuando los griegos se cargaron el Partenón?
-Eso no sucedió nunca- afirmó Electra.
-Oh, sí; sí sucedió; se lo cargaron y construyeron una biblioteca.
-¿Una bilioteca?
-Una
-¿Cuándo terminarás de contármelo todo, Katrina?
-Nunca.

Ese "Nunca" estaba sujeto al Deseo.


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