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Tiempo



En todas las puertas encontró la misma marca, una cruz negra con un punto blanco en el centro. Puede que la historia se repita, esto fue lo que pensó, porque cuando queremos sentir lo mismo, sentimos exactamente lo mismo, cuando queremos escuchar lo mismo, escuchamos exactamente lo mismo. Todavía podía sentir el calor y la inmensa variedad de sensaciones que se alojaban en su cabeza. ¿Qué era lo que le impedía avanzar? Siempre posponía el momento de dejar la cruz negra y su punto blanco, porque el punto blanco, aquel diminuto punto blanco, era un punto de conexión.
Puso el ojo de esfera azul y celeste sobre el punto y vio blanco. Siempre, en todas las puertas del largo y
estrecho pasillo, encontraba cruces, puntos, blanco, cruces, puntos, blanco. Nunca conseguía la llave, nunca se esforzaba en conseguir la llave y se negaba a abandonar las puertas. La excusa podía ser la curiosidad o cualquier otra de las que su mente inventaba. Poco importaba que Úrsula tirase de la manga de su cazadora un millar de veces y que los lagrimones de furia se escurriesen por la cara de la pequeña.
Se preguntó el motivo por el cual le atraían tanto los puntos blancos y el secreto que creía que estaba detrás de las puertas, de todas esas puertas cerradas, y en su infinita torpeza olvidó que Úrsula ya no era una niña y que a ella le había crecido el cabello hasta los pies, y que había olvidado el día que era, el año y el siglo.


Fuera encontró a 1996 y también encontró al 2026 -agazapado en algún lugar de la historia el 3022, cuando todos se habían marchado a las estrellas y la habían dejado sola, con la pequeña e inquietante Úrsula-. Y Úrsula, la pequeña e intrigante, le dijo un día si quería la llave de todas aquellas puertas. Irina sonrío: dejó el cabello caer sobre la cara, impolutamente blanco, liso y sedoso, lo trenzó, se rió de Úrsula, y Úrsula empequeñecida, desapareció, absorvida por el suelo, hacia 1996. Pero le dejó la llave, esa llave que abría todas las puertas, la que transportó a Irina hacia el Valle de las Almas Migratorias, devolviándole la edad que tenía en 1942, cuando había entrado por primera vez en la casa, sin saber que el secreto de todas y cada una de las puertas radicaba en que ocultaban exactamente lo mismo: tiempo.


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