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El relojero V



El problema era que, cuando a Ana le molestaban las cosas, Ana molestaba a las cosas. El problema eran los miserables obstáculos, las ratas que proliferaban a medida que abandonaba la seguridad de su casa, los cantos de los pájaros en sus jaulas, el reloj escurrido, entumecido, silenciado por las ruedas del coche plateado.


¿Tienes hojas en blanco, hojas? Tienes tu mente y la soledad de la carretera hasta la Ciudad Blanca. ¿No
encuentras la Ciudad Blanca? Ya no es importante, porque el relojero se ha ido con la Ciudad Blanca. La que está en la cuarta dimensión. Y, ¿ sabes qué?, en la carretera, en el camino que te lleva hacia un nuevo horizonte no estás sola. ¿Ana? ¿Ana Argentea? Escuchas los gritos y los dejas pasar, los retuerces y los mutilas, porque nadie lo hace fácil, y cerrar tantas puertas es insufrible. Ábrelas, Ana Argentus, ábrelas todas y deja que tus caminos sean infinitos.
Lorie Early

¿Pero quién eres tú?- preguntaron los ojos aguamarina.
Y el reloj le sonrió dentro de la habitación, se escurrió la sonrisa en la cara y se desdibujaron los rasgos junto con la pintura derretida.


La Ciudad Blanca seguía en el mismo sitio, en el mismo cuadrante del mundo, WE, girando a la derecha en la séptima con Mortem Village. Un círculo, un círculo completo y contemplaba prácticamente lo mismo. Pensó que no se esforzaba lo suficiente; pensó y eso era todo.
Sentía el frío de la ausencia, presentía la puerta cerrada, aunque, en realidad, la encontró abierta: el relojero construía un nuevo reloj y ya no la recordaba. Levantó la vista de su reloj, de su precioso reloj nuevo y brillante. ¿Cuántas horas había tardado en construirlo? ¿Cuántos relojes más? Poco importaba, porque, aunque le hablase, no le contestaba; nunca más hablaría con Ana, nunca le diría la verdad. Y ese reloj, uno más, dejó de ser importante. Sólo importaban las letras, las que la seguían por la casa blanca, esas que la transformaban en alguien irreal.

-Si sigues caminando, sólo encontrarás una casa vacía. Las decepciones no existen, sobre todo cuando no estás dispuesto a compartir. ¿Sientes calor aquí?

El hombre de blanco posó la mano en su pecho, sobre su corazón, el corazón rosa y lleno de amor.

-Ridículo, es ridículo. Tú sabes lo que tienes que hacer y es tu decisión. Dame la bala. La bala de plata.

Ana abrió la mano apretada y dejó caer el projectil, liso y brillante. No le gustaban las órdenes y, después de todo, el guardián de la puerta le había advertido de que no debía recibirlas. Su vida no podía girar en torno a sentimientos ajenos y los demás no podían pensar eternamente que ella se daría la vuelta con cada respiración.Comenzó a reír y el aire se dispersó en partículas doradas, descomponiendo la luz. La electricidad la envolvió: las vueltas no eran las suyas, pero era la única que podía parar. Y lo hizo: Quiet. La cuerda metálica estaba en su sitio. La piel blanca de la mujer escurría rojo, y la rosa extraña se enterró en su boca y se convirtió en sangre. ¿Quién es ella?- preguntó Argentea.






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