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El relojero IV


Y, al salir , pensó cuan diferente era todo, lo rápido que olvidaba la imagen del hombre y el color de las paredes.

La advertencia resonaba en su cabeza. Pensó que en realidad no necesitaba el reloj, pero estaba decidida a cambiar las cosas, a cambiar el pasado, a cambiar, a cambiar perpetuamente todas las veces que fuera necesario. Quizás no era lo suficientemente lista, o lo suficientemente valiente. Puede que, de regreso a la casa vacía, se fuese sintiendo más y más sola, más y más pequeña e insignificante. Puede que pensase que
era culpa suya, despertarse y desear que el relojero estuviese allí, en su cama, sonriendo, con su abrazo cálido, dejando caer las lágrimas como cuentas de cristal que sirven para algo; diamantes, perlas de lluvia, esperanza, amor o algo similar; lo que hacía siglos había olvidado, después de darle tantas vueltas a las manecillas del reloj y no encontrar nada; sólo giros en el tiempo y un extraña y dolorosa sensación en la cabeza de estar extraviada, sola y resentida.


Sabía que cuando esto sucedía, nadie conseguía pararlo. Hacía mucho que no se sentía bien, las noches pasaban en vela, las luces de la calle y los coches silenciosos no la dejaban dormir. Repetía una y otra vez los mismos movimientos. Su hijo seguía muerto, y el hombre volvía una y otra vez para matar lo que más quería. En realidad, lo que más quería Ana era el silencio, la tranquilidad, que lo que hacía no le costase tanto esfuerzo, porque las cicatrices que quedaban no paraban de doler y el sonido del reloj le martilleaba en la cabeza una y otra vez, al amanecer, repitiéndole siempre que estaba sola, que los viajes, todos los que había hecho, no servían para nada. Decidió, una mañana, que la única puerta posible era volver por el mismo camino, pero se le hacía tan difícil confiar, ver con claridad, tanto que casi no podía respirar; y, aunque era consciente de que ella era la responsable, no dejaba de culpar al relojero, ese que la conocía desde siempre, lo suficiente para saber que se perdería de regreso a la Ciudad Blanca.

Concluyó en cerrar la casa, en girar la llave, en regresar sobre sus pasos y dejar de culpar a los vacíos, a los silencios, a todos los demás problemas que sólo existían en el recuerdo que su mente recreaba en esas ocasiones repetidas.



Encendió el motor, cubrió sus ojos con las gafas de sol y comprendió, por una vez en su vida, que se debía todo el tiempo, todo el dolor por olvidar, que ya estaba lejano. Tiró el reloj por la ventanilla. No sabía cómo le explicaría al relojero que tenía un reloj menos, el caso es que se dio cuenta de que le importaba un carajo el puto reloj de mierda.

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