Ir al contenido principal

El relojero III



Y, cuando llegaron, Ana no se conformó con llegar: Le pareció la habitación su casa, la casa del relojero, la suya, e, impaciente, buscó con la vista un reloj en las paredes desnudas.

-No es lo que esperabas, pero es- dijo el relojero cerca de la entrada sin puerta.

-Pero yo esperaba...

-No sabes nada y nada debes saber sobre el tiempo, excepto que el tiempo no existe- dijo el relojero.

-Y, si no existe, dime para qué fabricas relojes.- El rostro de Ana se iluminó con una sonrisa perversa y los ojos brillaron con curiosidad.

-Sólo porque tú los necesitas.

-¿Yo?- Ana se sorprendió, abrió desmesuradamente los ojos y se revolvió sobre la silla.- ¿Por qué todo es tan inmensamente blanco?

El relojero, ahora, estaba al otro lado, ya no estaba cerca de Ana y Ana se sintió confusa y giró el torso en dirección de la voz. No recuerdo cómo iba vestida, pero recuerdo que Ana quería cambiar cosas, Ana siempre quería cambiar. Y, cuando Ana quería cambiar, las cosas cambiaban con Ana. El relojero se tiñó de azul. La habitación se tiñó de rosa y el cabello de Ana se parecía a una aurora, resplandeciente, dorada, rosada y etérea.

-¡Deja de hacer eso!- protestó el relojero.

-¿Hacer qué?- rió Ana.

“Girl in a Fur Skirt” – [The Snow Yak Show] Mark Ryden
-Cambiar las cosas. Deja de cambiar las cosas, Ana.

Todas las cosas volvieron a ser blancas y Ana se percató de que el blanco contenía todos los colores, pero Ana quería separlos y verlos porque estaba triste.

-Tu reloj. Llévatelo a casa y vuelve cuando comprendas que no tienes que cambiar nada.



Ana salió sola y pensó que el relojero estaba enfadado, pero en realidad era ella la que estaba enfadada, era ella la que llevaba un reloj en la mano, era ella la que no podía vivir sin ese reloj inservible, pero no podía comprender porqué no lo necesitaba. Nadie quiere abrir la caja, nadie quiere, y la curiosidad dejó de hacer de las suyas... Salió la mujer sin el hombre de blanco, sin respuestas y con el corazón tan puro como el agua.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Acertijos

-Al otro lado del jardín encontrarás una llave. Pero, recuerda esto: la única forma de abrir una puerta es esperando. Dio la vuelta. Tantos callejones sin salida le estaban aturdiendo. La mente se complicaba en pensamientos recurrentes, el sonido de las tripas en el estómago, con hambre todo el tiempo. David LaChapelle Buscaba la puerta, la puerta que tendría que abrir con maestría, la puerta de entrada, la puerta de salida. Necesitaba soluciones o eso creía. Tenía soluciones todo el tiempo, incubando en su mente, como un virus totalmente informático de información comprimida. "¿Oyes eso?" Escuchó con atención y escuchó el sonido rítmico de las gotas al caer y no supo en qué lugar caían, pero llegó al final del jardín. "¿Oyes eso, ves eso?" -¿La luz? -Sí, la luz. -No se puede oír la luz- afirmó el pasajero.- No se puede. -Se puede oír la luz y ver el cielo y escuchar el viento, se puede oír la luz. Abre la puerta.

La Noche de todos los tiempos (2)

Y el chico de los periódicos seguía observándola mientras miraba el post-it de la nevera. Ariadna tenía los ojos de un gato, grandes y almendrados. A Ariadna no le parecía extraño el sueño del gato, la leyenda extraña de La Noche de Todos Los Tiempos; no le resultaba extraño el paseo de la vecina hasta la puerta de su casa, para pedirle café, o azúcar, o sal. La habían acogido fenomenalmente bien, y, pese a la fama de pueblo sonámbulo y taciturno, las fiestas que se despachaban en las casas de los vecinos día sí y día también, contradecían las opiniones de los foráneos. En ese momento, entraron Carlos y Azuzena. Una brisa suave se acercó desde el jardín de atrás; escuchó como se cerraba la puerta. Los dos chiquillos aparecieron sucios, con el pelo enmarañado y la ropa destartalada. Se sentaron a la mesa y exigieron su merienda y Ariadna los envió a lavarse las manos, aunque, en realidad, necesitaban una buena ducha. -¿Encontrasteis al conejito?- preguntó Ariadna, abriendo la nevera pa...

Una penúltima carta desde fantasía

Te quiero, pero eso no implica que sea permanente. Te miro, y no encuentro el instante. No sé dónde o cuándo y no me importa, porque la rueda gira y las páginas del libro se han cerrado. [Sigue leyendo] Cuando me vaya a dormir está noche dejaré la sensación de tu pérdida regresaré al lugar en que debo estar sin saber calmada proyectada en una nube de insomnio derretido. Las palabras que ahora no preciso: añorarte es suficiente pensarte es interesante buscarte es indiferente amarte es el sugerente modo en que dentro de mi pecho el calor se expande y el frío cesa arrellanada en el sofá, incesantemente alegre en el abrazo de lo que está perdido. La lucha ya no es persistente y empezar es necesario cada día, cada día en que el sofá se reblandece, incómodo en su incomodidad, acostumbrado al tacto de mi mano, a las noches que se extienden alejada de la cama, sin su manta y sin su gato.                   ...