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El relojero II

Días atrás había visitado la Ciudad blanca, una ciudad futurista, domótica y perfecta, con sus reglas perfectas, anclada perpetuamente en la cuarta dimensión. Había previsto las consecuencias, creía. Un reloj de los otros servía para medir, pero Ana no quería un reloj de los otros, de modo que consiguió un visado, uno de los caros, de los que le hacen a uno hipotecar la casa, los niños, la ropa del armario y hasta la mascota del vecino.


La Ciudad Blanca estaba a tres mil kilómetros de su casa: la casa con jardín, con perro, con césped y setos; la casa con un hijo muerto, con un silencio perpetuo y un asesino perfecto. Ana estaba dispuesta a conseguir cambiar las cosas como fuera. Sus pasos vacilaron al entrar en la ciudad: le asustaron los sonidos, unos silbidos casi imperceptibles que surgían de la fábrica de relojes. El relojero tenía fama de ser un hombre arisco y perverso, nada de esto le pareció a Ana cuando cruzó las puertas del edificio blanco y el hombre le estrechó la mano con suavidad. Su sonrisa era como el resplandor de la mañana y sus ojos brillaban como estrellas, de pura bondad. El relojero la acompañó hasta una habitación al fondo de un largo pasillo. Ana permanecía deslumbrada por la blancura; su mente apenas podía reconocer el pasado, ese que la torturaba en silencio día tras día. Casi había olvidado todo, cuando el hombre alto y delgado le sorprendió con una sonrisa y una flor extraña brotando sobre su ceja, al mirar atrás. El relojero siguió caminando.

-Uno de tus recuerdos- dijo el relojero, caminando hasta el último cuarto de la casa cuadrada.-Una oscura; y, si no dejas de pensar, brotaran más. ¿No vienes a por tu reloj?

- Sí, claro-protestó Ana-, pero yo no tengo la culpa de que

-¡Silencio! Limítate a no pensar. La puerta para salir de aquí está mucho más cerca que la puerta para entrar.

- Entiendo- contestó la mujer.

-Mente en blanco. Respira ahora.

'De todos modos... yo no te daría un reloj que no necesitas.

-¡Oh, claro que lo necesito! Lo necesito- dijo con ansiedad-. ¿Cuándo llegaremos... ? Si la habitación parece estar cerca. ¿Cuándo llegaremos?

-Veo que lo tuyo no es la paciencia. Sé paciente y llegaremos antes.

Ana pensó que el relojero estaba loco. Ana pensó tantas cosas que tardaron en llegar una eternidad.


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