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Casius



-¿Y el mundo se destruye cuando tú lo tocas?

-No, no, claro que no, en absoluto. El mundo soy yo y nada de lo que hago lo destruirá.

Casiopea se paseó inquieta por la habitación. Los ojos del dios la contemplaban en silencio, casi con reverencia, con un sentimiento de amor que Casiopea casi no podía definir. Le resultaba extraño, obsoleto, pasado de moda, como las botas de su armario, las mosqueteras que hacía un siglo que no se usaban; los
jerseys de punto calado de su habitación, los osos de peluche y los bolsos. Casiopea contenía en sus ojos la luz de las estrellas.

- ¿Y todas ellas? Dime. ¿No son la misma? La misma estatua.

Casiopea observaba las estatuas de cristal, todas idénticas, de la habitación del dios, una habitación estrecha, larga y luminosa; dorada y espectral.

-No son la misma- le dijo el dios-. Acaso te lo parecen, porque no has mirado bien.

La mujer no podía contemplarlas de otro modo, excepto infinitamente iguales, perpetuamente iguales, indiferentemente iguales, y preguntó: "¿En dónde radica la diferencia?".


Colin Crist
'Casiopea: le dijo el dios; tanto tienes que aprender que no ves lo evidente; observa bien Casiopea y deja a un lado el resplandor, porque todas ellas son mis hijas'.

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