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Alisia



-Blanca, en el cielo, la luna.

- Amodorradas las estrellas. Buscar siempre lo mismo es un error con idénticas soluciones.

Aurora se revolvió en la silla, apartó un mechón cobrizo de su cara pálida y sonrió:

-Bueno, todo lo que yo sé es que ella le preguntó si el viaje, ese que llevaban planeando tanto tiempo... en
fin, qué poco cuesta decir la verdad, conclusa, sin que las dudas se alberguen en tu alma y te torturen y consigan que el sueño y la ilusión queden arrellanados, olvidados, los últimos.

-Comprendo. Esperaba una respuesta y ahora tiene que olvidar, porque nadie quiere subir al siguiente nivel solo.

-Sí, supongo-concedió Estea.- Lo que sé es que no volverá a hacerlo. Tiene demasiado poco todavía y no le gustan los secretos, mucho menos esas verdades sin concluir, que no hacen más que acrecentar sus esperanzas y le impiden dormir. Esa clase de juegos son... No encuentro una palabra para definirlos. Pero se repiten, y ella prefiere olvidar y dormir.


- ¿No habrá viaje a París?- perguntó finalmente la mujer rubia, bostezando y reclinándose sobre el diván, apoyándo la cara nívea sobre la mano.

- Nadie lo sabe cuando no hay un no o un sí.

-¿ Y él no piensa contestarle, de otro modo, sin acertijos?


-Ya lo ha hecho, supongo. Al menos, para ella ya lo ha hecho.

Las dos mujeres salieron al jardín. Alisia, sentada en un banco, miraba a ninguna parte, conmocionada, silenciosa y lejana, la brisa arremolinaba suavemente el encaje de su vestido. Los ojos verdes estaban tristes.

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