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en Poesía



Fuera podía oír los pájaros piar; el sonido del río; las ráfagas de aire. Se sentía extrañamente reconfortada, ilusoriamente viva, felizmente estirada sobre el sofá, con el lento decorrer de las horas en los párpados cerrados. De improviso una rama chocó contra el cristal. Ella se arrellanó en el sofá, esperando que pasara la tormenta, observando el fuego encendido en la chimenea. Un perro ladró fuera. La calle estaba desierta y mojada, los rayos de luz se filtraban entre las nubes y los vehículos estacionados al otro lado de la calle repiqueteaban con la lluvia. Había cerrado la ventana; el sol salía de nuevo entre las nubes, junto con un arcoiris desvaído y perfecto.


El hombre de blanco entró, plegó la gabardina mojada, la dejó sobre la silla y le sonrió. El fuego seguía encendido. A pesar del sol, no hacía calor; comenzó a escurrir agua de la gabardina.

- ¿Y no lo echas de menos?- preguntó el hombre. Sentándose en el sillón con desgana, encendió un cigarrillo y se lo llevó a la boca con sus manos suaves.

-Todo lo que hago no tiene un próposito imperecedero. Existen los cambios, ¿sabes?, y la gente no hace lo que tu quieres.- Le sonrió, volvió el rostro hacia la ventana, dejándole claro que no pensaba rendirse por ahora; no, si la suerte no le daba la espalda por completo. En realidad, un nudo de miedo le atenazaba la garganta, pero sabía qué era y como solucionarlo.- Mi último trabajo: un auténtico fracaso, lo sé, pero nada está perdido.

- Lo dices como si la vida tuviera unos cuantos giros de hoja.

- Los tiene. Con trabajo, con esfuerzo, cerrando las puertas y abriendo otras, dejando abiertas las que de verdad te importan, sabiendo que puedes estar arriba y caer en un segundo y que no pasa nada, porque, que eso suceda, no es una desgracia.

- Yo no estoy de acuerdo- dijo él, serio como una estatua de mármol-. No podemos perder el tiempo, yo al menos no puedo ocuparme de las cosas superfluas.

- Que deberían ir en mayúsculas, ¿no es cierto? La herida, mira como está, porque sigue sangrando.- La señaló con el dedo, en un intento por impresionar más de lo que debía.

El hombre se levantó tranquilo, se acercó a ella con el cigarrillo en la mano, humeante e iluminado, y ella comenzó a toser.

-Es agudo. El silencio. Y sangra demasiado. Y las noches son largas también.

-Como sigas diciendo tonterías, te lo arranco de un tirón. Sangra, pero es mejor no cambiar el apósito todavía. Una herida así... Quién lo diría....

- Yo, yo lo digo, ¡joder! Me duele. No aprietes.

El tipo dio unos pasos atrás, se giró, volvió a sentarse en el sillón y sacó unas gafas del bolsillo izquierdo de su camisa con la diestra.

- Lección número uno: nunca les des la espalda y nunca les enfrentes sola- rió y se acomodó las gafas,
hojeando el libro que había sobre la mesita.

- Empieza a gotear. La sangre.

-Ya. Pero déjalo. ¿Qué libro dijiste que era? No recuerdo.

- El de los cuervos.

- Veamos. Página ochenta y dos. Capítulo primero, párrafo cuarto. ¿Cuál es la última línea?

Irene resopló, agotada; apretó los párpados para recordar; no le fue difícil.

-"Las jaulas abiertas siempre deben estar cerradas y los seres oscuros del exterior no deben ser molestados, porque no podrás dormir sin saber que están donde él los dejó y donde están encadenados bajo el yugo de las fuerzas de lo invisible". ¿Era así?

-Casi perfecto- afirmó él, con un ligero movimiento de cabeza-. Trae aquel.

La mujer se levantó del sofá, apretando el apósito sobre las costillas; un pequeño reguero de sangre le bajaba hasta los pantalones, convirtiéndose en una mancha extendida sobre la ropa.


-La última estantería- exigió él.

Irene le miró con ojos cansados, se estiró todo lo que pudo. Dejó caer la otra mano a lo largo del cuerpo y el dolor cesó como por ensalmo; la herida dejó de sangrar debajo de la ropa; aunque nadie podía apreciarlo, quedó una imperceptible cicatriz oblonga y amoratada.

-Tu mente es un recipiente extraño y absolutamente cíclico. Trae el libro.

'Puedes hablar normal y andar normal cuando no te fijes. Página veintidós, capítulo tres: ¿qué dice?

-Como fabricar una casa de piedra sin piedra en un terreno pedregoso y dejar un río bajo la casa, construida en medio de una tormenta, bajo el cielo azul de una primavera tardía e inmensa, con los pájaros en las ramas y sin árboles.

-Para.- La interrumpió el hombre, alzando la mano. Sus ojos oscuros se dirigieron hacia la puerta-. Escucha; los mismos ruidos de ayer; ¿no te lo dije? No se van. Vuelven. De poco o nada te sirve reconocerlos si no los modificas tal y como te enseñé. He de irme. Deja la puerta cerrada y duerme con los ojos abiertos.

-Muy gracioso. ¿Y qué hago con esto?- preguntó la chica, señalando la herida otra vez con el dedo índice; la herida purulenta en el costado izquierdo.

- Duerme y volveré mañana.

Recogió la gabardina y salió.

Irene se tumbó en el sofá boca arriba. Con la mente completamente en blanco, casi de noche, no tardó en dormirse. En la madrugada escuchó como arañaban la puerta de madera con sus uñas afiladas y, cuando logró dormirse, sólo pudo ver arañas; todo lo que recordaba el despertar era poco más que eso: unas cuantas arañas y un puñado de otras imágenes que no recordaba.

La solución era simple: volver a escribirlo otra vez [...]


El hombre de blanco no podía oírla, pero ella sabía bien en que consistían los ruidos y los juegos inapropiados de su cabeza. En el mundo de los Oscuros, sin Poesía, sin nada de lo otro, no le quedaban esperanzas.

Fe y Valentía eran las otras dos opciones, y eran las que entraban y salían de la caja cuando les daba la gana. Después de todo, si ella las creaba, ellas podían salir y entrar a su antojo, y no se trataba de que así fuese, sino de que permaneciesen en su sitio el tiempo necesario; tendría que construír otra caja y entender como retenerlas dentro.

Poesía permanecía arrinconda en la caja blanca de su abuelo, con su libro de instrucciones y sus hojas sueltas para escribir todo el tiempo que quisiera.

Cuando Irene se durmió, los ruidos habían cesado y la corriente de aire de la ventana dejó de importunarla con su manso ruido de tormenta.

[...]

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