Y el chico de los periódicos seguía observándola mientras miraba el post-it de la nevera. Ariadna tenía los ojos de un gato, grandes y almendrados. A Ariadna no le parecía extraño el sueño del gato, la leyenda extraña de La Noche de Todos Los Tiempos; no le resultaba extraño el paseo de la vecina hasta la puerta de su casa, para pedirle café, o azúcar, o sal. La habían acogido fenomenalmente bien, y, pese a la fama de pueblo sonámbulo y taciturno, las fiestas que se despachaban en las casas de los vecinos día sí y día también, contradecían las opiniones de los foráneos. En ese momento, entraron Carlos y Azuzena. Una brisa suave se acercó desde el jardín de atrás; escuchó como se cerraba la puerta. Los dos chiquillos aparecieron sucios, con el pelo enmarañado y la ropa destartalada. Se sentaron a la mesa y exigieron su merienda y Ariadna los envió a lavarse las manos, aunque, en realidad, necesitaban una buena ducha. -¿Encontrasteis al conejito?- preguntó Ariadna, abriendo la nevera pa...
En la soledad, se percibe el murmullo interior, y palpita en el pecho la palabra que quiere ser, hermoso poema Raquel
ResponderEliminarsaludos
"Así supe que existías
ResponderEliminarsiguiendo antiguas huellas
señales de viejos camaradas
en murmullos de rincones
en fisuras de ventanas
en diáfanas atmósferas
en la brisa que trae el rocío
en transparentes humedades
asomado en la sutileza" [...]
Existen las casualidades, preguntan algunos?