Sigo tus pasos un rato hasta el piso superior de la casa de muchos pisos, dejando atrás los espejos de la pared, incontables, uno tras otro; mis pies se posan en cada paso, mis manos reposan en el tacto de la barandilla suave y lisa, y el aleteo de los pájaros milagrosos en sus jaulas de oro, sin canto ni trino, se estrangula entretanto a cada paso. La escalera se angosta, y tú, recuperado de tú debilidad, me dejas atrás en un suspiro; te pierdo de vista en una de las vueltas; observo arriba, te veo lejos; te grito, pero ya no me escuchas. Lo pájaros en su aleteo -blancos, sublimes, luminosos...- no me dejan ver el aire, el cielo que rodea la escalera, espiral de sueños vívidos y lúcidos; el suelo translúcido que me asusta y consigue que vacile a cada
paso, aun cuando no dejo de mirar al infinito, allá donde te has perdido, lejos, muy lejos... No obstante, al llegar -al final- te escucho sentado en el salón de los días grises; el teléfono repiquetea con su sonido de lluvia, la armonía de los pájaros se ha dormido... los jodidos pájaros dormidos, con su jodido aleteo dormido; en dos pasos estoy junto al sillón, restregándome en tu pantorrilla dormida... recordando que no he conseguido cazar ni uno solo de los malditos pájaros sublimes... Ja!
Parece estar todo al alcance de la mano y la memoria no logra atrapar nada, para nuestra desencanto, un placer Raquel
ResponderEliminarfelicidades
un abrazo
Sí, eso parece, observa, pero no atrapa. Intentaré yo atrapar lo que escribes y retenerlo en la memoria ;)
ResponderEliminarUn abrazo