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Justo en el instante en que...



Deshizo el camino a casa, se entretuvo en mirar las flores y las mariposas; a las flores ya las conocía, las mariposas puede que no fuesen las mismas. La fuente dejó de perseguirle en su memoria, su imagen, moviéndose en el agua perturbada por el viento no le sonrió, si lo hizo no se dio cuenta; siguió caminando de regreso a casa, entre las mismas flores; las mariposas le recordaron a una libélula, aunque aquella libélula no tenía nada que ver con las mariposas. Subió las escaleras y se sentó; en el sillón; bajo el techo abuhardillado. Su cumpleaños no sería diferente a los últimos doscientos... Creo que... Sí. Detente un momento: el pulso era diferente, definitivo, la sangre fluía por las venas, las arterias y los capilares dejando el rastro de algo desconocido. Decidió que esa noche sería otra: sus amigos le recibirían con una sorpresa, no con la de siempre, le sorprenderían con un plano, uno que le mostrara por donde debía seguir, uno de esos con una ruta marcada, caudalosamente perfecta. Lanzó la copa con un rastro de champán al fuego de la chimenea francesa, dejó la marca de sus labios entre el fuego y el sentido inmenso de un sueño por construir. Nadie podría decirle como era su futuro o de qué modo construirlo. Supo que el pasado ya no le perseguía, que los fantasmas que flotaban en su cabeza ahora eran hilos desmigajados de un pan de tela. No consiguió dormir y a través de la ventana,
una noche de luna, se sentenció a no morir nunca, a perseguirse eternamente, lo que le decía constantemente que los tiempos pretéritos pueden modificar la conducta de cualquiera y dejar la pez en el fondo de un enorme barril de vino al otro lado de un cristal polarizado. La certeza de que todo era inmenso, demasiado basto e irreconocible, le perseguía. Las mariposas viajaban en su migración anual. Danaus plexippus. Mariposas monarca. Abrió los ojos. El sol del otoño se reflejó sobre su cara, las pesadillas se aburrieron de perseguirle y en la carretera, persiguiendo mariposas, desempolvó el aleteo en el estómago con una tranquilidad pasmosa. Otros coches se cruzaron con el suyo, un Ford Cadilac del 96: la granja no quedaba lejos. Entre todos sus amigos, los familiares que no habían descendido con él a las profundidades de su mente, todos esos que bebían a sorbos la vida, inconscientes, alegres, vivos, le hicieron participe de sus confidencias, de sus risas, del aleteo presuntuoso de una mariposa. Nunca supo si escribir sería posible, si entre las luces discotequeras y las lámparas de aceite habría una preferencia. Su existencia había sido consistentemente larga y puede que su etapa de crear vidas paralelas estuviese difusamente lejana. Una rata miserable quedó aplastada bajo la rueda. Finalmente, había decidido cruzar justo en el instante en que...

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