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Estaba pensando en eso y se dejó llevar. Las estrellas, mimando el cielo rotundo y sucio, los sonidos de la noche y la maestría con que el tacto de la otra piel había dejado esa conciencia en su mente de un acto insoslayable, aturdían. Cálido, pesado, le llegó el olor de las calles, de la lluvia al gotear de los tejados, mojada, siniestra, auspiciosa del rojo que se perdería, filtrándose por el alcantarillado. Tres meses después, seguía pensando lo mismo, con la beatitud del que ve sombras por exceso de luz. La humildad no era una idea remota, ni un final para nadie, era el comienzo de algo, ese algo que se desvanecía con la lluvia y no le impedía dormir, pero que le dejaba sobre la cama en soledad, postergándose siempre a ese otro.

Al teclear, se dio cuenta, con ensimismamiento, de lo parecido que resultaba todo aquello, el crepitar de las letras bajo los dedos y la inmensa sensación de que nunca escribiría nada ajeno. Por otra parte, la ciudad ya estaba susurrando una historia diferente, entre su tétrico adoquinado, sus gárgolas medievales y la carencia de iluminación: los dibujos se revolvieron entre las páginas, saltaron del cómic, vaciándolo de color. Se le revolvió el estómago, y el baño, mucho más lejos que de continuo, se quedó sólo, y el vómito quedó en el piso, sobre el suelo viejo de madera.


Los monstruos ardieron y las gárgolas se alejaron hacia los tejados. El sueño, amo sempiterno, se dejó caer por allí y le cerró los párpados de un golpe, con un misterioso relato en los labios, ¿o era un cigarrillo?

[...]






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