Las calles casi vacías y las fotografías borrosas -los adoquines emborronados o estimulados por el flash de la cámara-, el viento ( que, gélido y a ráfagas, se centraba en la piel de su cara), la conciencia de que terminaba por hablar demasiado, el eco impertinente de no conseguir autorreflejarse y comprenderse...todo eso era un conjunto opuesto a sus esperanzas, al beat interno de su cuerpo, al aturdido acompasamiento de su existencia. Sabía que tendría que cambiar por dentro y dejar de mentirse. Puedes engañar a los demás todo el tiempo, pero no a ti mismo, pensó; el autoengaño, esa falacia sutil que te envenenaba y te sonríe sarcástica al caminar, que te envalentonaba de pronto, y se escabulle de repente. Todo eso, reflexionó, era muy fácil de sobrellevar; tal y como un funambulista encuentra el equilibrio constantemente, la vida, extraña y convulsa, le había convencido de que no era distinta. Solo, en su tétrico y espérpentico mutismo, fotografiando la iglesia, las calles, las luces navideñas, tuvo la sensación de que dependía, por una vez, de si mismo, de la repetición constante. Dos coches pasaron muy cerca, unas cuantas verdades a medias: a duras penas se reconocía entre la substancia de sus pensamientos, tan confusos. Pese a todo, su juicio empezaba a estar tan claro como la luna llena, por eso no lo oyó llegar, ni a su silbido, repitiendo una cancioncilla desconocida, ni el sonido de sus pasos), no percibió el color de su abrigo al pasar. Las imágenes distorsionadas dejaban un amplio margen de duda. Sabía, en el fondo, despojado de lo superfluo, que conseguiría llegar, resurgir, saltarse sus reglas absurdas. Abrió la ducha y el agua caliente se llevó las sobras por el desagüe. Ya se conocía lo suficiente como para saber que al día siguiente volvería a intentarlo y dejaría sus huellas por cualquier sitio, sin importarle demasiado. Recorrería la ciudad con confianza y se cruzaría con la chica del abrigo negro, esa que le había sonreído, justo antes de contarle su secreto y sacar el pequeño revolver del bolsillo de su abrigo.
-Al otro lado del jardín encontrarás una llave. Pero, recuerda esto: la única forma de abrir una puerta es esperando. Dio la vuelta. Tantos callejones sin salida le estaban aturdiendo. La mente se complicaba en pensamientos recurrentes, el sonido de las tripas en el estómago, con hambre todo el tiempo. David LaChapelle Buscaba la puerta, la puerta que tendría que abrir con maestría, la puerta de entrada, la puerta de salida. Necesitaba soluciones o eso creía. Tenía soluciones todo el tiempo, incubando en su mente, como un virus totalmente informático de información comprimida. "¿Oyes eso?" Escuchó con atención y escuchó el sonido rítmico de las gotas al caer y no supo en qué lugar caían, pero llegó al final del jardín. "¿Oyes eso, ves eso?" -¿La luz? -Sí, la luz. -No se puede oír la luz- afirmó el pasajero.- No se puede. -Se puede oír la luz y ver el cielo y escuchar el viento, se puede oír la luz. Abre la puerta.
Comentarios
Publicar un comentario