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El relojero (1)

La ventana estaba abierta y sus ojos cerrados de par en par. Las ramas golpeando en los cristales. Un estallido tras otro, un gemido, un quejido, un crujido imperceptible entre el viento y el amasijo de hojas arremolinadas a los pies de la casa.


El niño se había dormido. La jaula de los pájaros no cantaba. El agua goteaba del grifo del baño.



Bajó los escalones, hundida en la bata marrón. Sus pies obviaron un trozo de cristal roto al entrar en la cocina, se perdieron, uno por uno, en las baldosas amarillas, en el olor del café que surgía de la alacena, la mano brotando del bolsillo para coger el paquete cerrado con una pinza de plástico naranja para bolsas.


Un coche pasó rozando los setos que bordeaban el sendero, se adentró con una maniobra inesperada y quedó insertado entre los árboles y el césped,  a medio camino de destrozar los parterres y las petunias que se había comido el perro. El lactante aulló en la cama; los ojos aguamarina de Ana observaron al hombre cruzar la puerta con el arma en la mano derecha, vio su cara macilenta, la expresión de sus cuencas vacías y grises, los pelos crespos y revueltos sobre la redondeada cabeza.


Lo siguió hasta el piso de arriba y escuchó un disparo, uno solo. Un único y denso estallido sobre los cristales rotos en el suelo de la cocina. Esquivó los trozos, contó los cuadrados hasta la salida. Se golpeó un pie desnudo contra el mueble de la cocina y lo apartó de un puntapie. Justo en ese instante, sonó una campanilla y dejó de oir el sonido de los relojes al golpear contra la ventana. El relojero le había dicho que no tocara las manecillas, pero Ana nunca había creido que pudiera desestructurarse el tiempo.

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