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NY(in)Color

Tenía mucho sueño y una capacidad innata para tomarse tres cafés seguidos de los cargados y sin azúcar. Había meditado en las consecuencias del viaje toda la noche, principal y fundamentalmente en los beneficos que pudiese traerle; no se paró a pensar en si mismo, aunque esto suene a incongruencia. Esparció el pelo del flequillo por la frente en uno de esos ademanes suyos, que causaban irritación a la mayoría de la gente por la vehemencia con la que la mano removía los mechones castaños y lacios; nada de eso importaba en la carretera y en el espacio que delimitaban los surcos pintados a modo de rayas de cebra
desproporcionada. Era incipiente el calor, el verano que se acercaba, el polvoriento estado del aire, los pulmones tratando de ampliar el flujo de oxígeno y el muchacho dando bocanadas. Todo aquello no estaba planeado. Los cuatro años pasados eran suficientes para dejar atrás los acontecimientos, pero aquel decorrer no era bastante, porque la densidad del tráfico, las luces, la soledad a ratos, la voz a través del manos libres... no eran diferentes. La llamada de Paula le había sobrecogido; en realidad, en los últimos días se sentía sobrecogido por casi todo. Cualquier ruido le sobresaltaba: la respiración de alguien a su espalda, el sonido de un violín en medio de la acera -hábilmente sustraídas sus notas armónicas por un arco de violín entre unas manos desconocidas-; un rostro que le resultaba familiar; una voz que se acercaba; un perro ladrando... Los edificios se reclinaron al paso del vehículo, cuestión de proporciones: mastodontes metálicos, de cristal, de amianto y de cemento acrisolado; un vehículo pequeño... el sol pegándole en los ojos. Ecos de una ciudad llena de letreros y escaparates luminiscentes, de aullidos, de colores en rojo; verdes, opacos, tintineantes; de sensaciones trémulas que parecían brillar junto con la gente pululando entre la gente.



El estudio de su hermana no quedaba lejos. Recorrió tres manzanas. La sonrisa en la puerta era lo que añoraba, verla acercarse, abrir la entrada del parking subterráneo y perderse en el vientre de un barco pirata. Siempre había sido una soñadora, una de esas personas a las que no puedes dejar solas mucho tiempo, porque el tiempo las deforma constantemente, las devora la incertidumbre y tienen miedo, y frío. Unas briznas de aire juguetearon con el cabello anaranjado; las hojas se movieron en un enorme círculo, rojas, tan rojas como el pelo de Paula... la pintora, la pedante, la borde..., la existencialista, la que siempre pintaba en colores en su estudio de New York, en naranjas, amarillos, verdes, azules, terracota y rosa encendido.
                              

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La exposición en la Garden Galery se convirtió en un éxito total; por la mañana los periódicos apuntaban que una nueva estrella brillaba en el firmamento de las níveas musas. Yo me empeñé en seguirle la corriente. Cuatro de sus cuadros acabarían, no sé muy bien cómo, unos meses después, volando hacia Paris en un avión, inflamando de color las sombras blancas de mi loft y de mis amaneceres de café solo, cargado y frío, dejándome la grata sensación de que volvería pronto a caminar entre las mismas calles con su abrazo pintado.


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