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Narciso

En una mano contenía una esfera y en la otra algo que no podía ver. Imaginé que era aquello último que le vi guardar en el cajón y me equivocaba. Narciso no era disciplinado, nunca dejaba las cosas en su sitio y nunca sabía donde las había dejado; se pasaba el día buscando su reflejo en los espejos y yo le seguía por la casa, resuelta a encontrar y guardar todo lo que iba olvidando. De no ser por mí, Narciso habría perdido, incluso, su reflejo en el espejo.




Esa mañana, una de sus manos contenía una esfera y la otra ese algo que solemos perder cuando nos olvidamos de recordar lo imposible: Narciso no era diferente, era atribuladamente distinto, pero no diferente. Indiferente a su reflejo en el espejo, le sugería que me dejase ver lo que ocultaba en la mano derecha; negó tres veces; sin embargo, en la superficie cromada de la tostadora, vi asomar un trocito de algo, surgir una inconveniente abreviatura de lo que atesoraba, y Narciso concedió darme lo que se escondía a su espalda. Su mano izquierda contenía una esfera, en la derecha, con mucho, encontré el rabo de un ratón que Narciso se había empeñado en comerse - excepto el rabo-. Lo guardé en la caja y Narciso se quedó observando al otro Narciso sonreír en el espejo, en la tostadora cromada, en el suelo reluciente, en el cristal oscuro de la casa.

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