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Las dos muertes

La sangre le goteaba de la nariz.

Sólo quería estar sano, pero la muerte, traicionera, no dejaba su cama, su casa, su vida. Ganaba por goleada: le había arrancado el cabello, estrujado los ojos, le había succionado la carne hasta dejar únicamente los huesos.


Contempló las dos marcas en su cuello y, pese a todo, pensó cuanto mejor era aquella otra muerte lenta a la otra muerte lenta y perezosa, que le dejaba sin fuerzas y que no tenía ningún motivo para ser.
Vomitó de nuevo en la taza del inodoro. El sabor de la bilis le llenó la boca, lo ácidos del estómago le quemaron la faringe.

Ella regresó por la noche.
Dejaba la ventana abierta, un poquito, y ella, misteriosa, translúcida y blanca como un fantasma, le extraía el aliento con sus colmillos de murciélago, y él, tendido boca arriba en su lecho, dejaba que clavase los dientes y después gozaba de sus beso y del sabor de su propia sangre.
La Muerte... ¡La Muerte se marchaba! Y aquella nueva muerte llegaba con su tristeza de vida eterna, en contraste con la suya, fugaz, vacía, efímera...

Quería su cuerpo, deseaba con impaciencia que volviese cada noche y que, sin decir una palabra, le arrancase la enfermedad oscura y febril, ingrata asesina de sueños.
Amaba la soledad que sentía... la forma en que, poco a poco, le arrancaba el alma, y como ese otro dolor tan conocido resbalaba como una quimera por la vertiente de sus pesadillas, llenas de miedo y ansiedad.


—El dolor. El dolor que sientes pasará. Y el vacío. Ven, acércate —dijo un día el espectro. Su voz sonaba a cristal, a viento derramado entre los árboles, al aire que entraba y salía de un instrumento musical, cercana, casi irreal—. Ven, acércate...

La sangre latía en sus labios, y su corazón, fatigado, agujereado, sediento, se paró en el pecho un instante.

—Ven, acércate, mi amor —susurraba.

Él sentía como la nueva muerte llegaba y le llevaba lejos del frío y la soledad.

Se quedó en la cama, en esa línea divisoria entre la vigilia y el sueño; en ese abismo entre dos dimensiones.

Deseaba sentir cada noche al espectro helado, pero Ella, la dueña de la voz evanescente, no regresó.
Empezó a morir de nuevo; de nuevo la quimioterapia, los vómitos, las náuseas, el estrellarse contra las paredes, el asco por la comida, el ir y venir de los amigos, que ya no podían ayudarle.
“Vuelve, vuelve”, repetía en su mente, “vuelve y quédate con mi sangre, vuelve y quédate con mi vida, termina con ella, ya no la quiero. Vuelve y termina con este hueco en el pecho, con este estallar del cerebro.”

Dejaba la ventana abierta, observando la noche solitaria.

La vio llegar, con el cabello largo, lacio y negro como la más negra tiniebla. La vio llegar y se irguió en la cama con los ojos sanguinolentos de un moribundo que no durmiera jamás.
Su imagen despertó un deseo olvidado. Sintió la erección bajo el pijama, lo sintió latir en su piel de pergamino; lo sintió en el golpear de las venas.

[Algo gótico, aunque el escenario no lo sea tanto. Lo tenéis completo en la página de Relatos]

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